miércoles, 12 de noviembre de 2014

EL PASO DE LA VACA



Probablemente para los más viejos, este relato es bien conocido y, de hecho, hay varias versiones. 
El cuento que sigue, más o menos, responde a la versión que se manejaba en mi casa en mis épocas infantiles, allá por los mediados de los 1950. 
Las calles josefinas, por ese entonces, todavía tenían las hondas cicatrices que dejaban las carretas a su paso, y los grandes lodazales que quedaban después de cada aguacero. Las carretas se ubicaban en los alrededores de la Artillería, que era apenas una casona que servía de cuartel principal y que quedaba en donde hoy es el Banco Central.

Cuando se abrió la plaza principal, que vino a ser el primer mercado mayorista de frutas y verduras de la capital, las carretas se aglutinaban en sus alrededores, esperando que los clientes, los verduleros de los distintos barrios, les contratasen para llevar la mercadería a sus tiendas. Por eso, a esa plaza, que quedaba entre lo que hoy es las calles 8 y 10, y avenidas 3 y 5, se le empezó a llamar, el Mercado de Carretas. Valga aclarar que, en los años 1960, dicha plaza se remodeló y se hizo un mercado más formal, similar al Central, pero dejando en el centro, una explanada de segundo piso, que servía para los días de plaza, es decir, los días en que los productores llegaban a vender con sus productos agrícolas. Ya desde los años 40 se le llamaba el Mercado Borbón y, por razones, de mejor conservación de las vías, las carretas se habían sustituido por los carretones, tirados por un caballo, y mucho más livianos que aquellas.

Pues bien, retomando la historia. El funcionamiento de la plaza de mercado en el sitio mencionado, empezó a atraer a distintos artesanos y obreros, quienes atendieron el llamado de la necesidad de dotar de diversos servicios a esa zona. Los alrededores empezaron a nutrirse de algunos pocos comercios, como carnicerías y almacenes (entendidos estos, por antonomasia, en aquel entonces, las ventas mayoristas de granos, atados de dulce, y algunos productos importados). También, apareció por allí un taller mecánico para carretas, una herrería, dos o tres ventas de comidas, una sastrería, zapaterías e, infaltablemente, una que otra pulpería, y alguna casa de mala reputación.

La ciudad empezó, entonces, a extenderse hacia el Norte. En particular, la que hoy es la calle 8, prácticamente terminaba en la esquina de la avenida 5. A partir de allí, lo que había era un camino carretero que conducía hacia los bajos del río Torres, en lo que hoy es conocido como el barrio Iglesias Flores. Hacia 1882, vino a vivir a la zona una familia, de apellido Zambrano, de origen nicaragüense, cuya principal actividad era de zapateros remendones, y por apodo, los llamaban los bueyes. Mi papá, que era mucho menos desprejuiciado que mi mamá, solía decir que los llamaban así, pues tenían fama de ser poco dotados en sus órganos sexuales, o como socarronamente comentaba, “orinaban por un pelo”. Difícil saber cómo se enteró la gente de esa negativa cualidad de los susodichos varones Zambrano.

Los Zambrano, compraron una vieja casa de madera como a las 150 varas al norte de donde estaba la cantina La Bomba, o sea, calle 8 y avenida 5. Allí instalaron su taller de zapatería y adquirieron buena fama por su habilidad y rapidez para reparar calzado. Muchos de los comerciantes y clientes de la plaza, aprovechaban para llevar sus zapatos a reparar allí, mientras realizaban sus actividades. Su negocio, por lo tanto, floreció sin problemas.

Una de las costumbres más antiguas de país fue la elaboración de “portales” (pesebres o nacimientos, como los llaman en otros países), los cuales se ponían en la sala o cuarto que tuviese una ventana a la calle, para que los vecinos y transeúntes pudieran verlos. Si no tenían una ventana accesible, no era inusual que mantuviesen abierta la puerta de la casa, y en la primera habitación, ponían el portal, y permitían que la gente entrara a admirarlo.

Desde luego que, las características, tamaño, figuras y lujos con que se adornara el portal, eran, de alguna manera, un símbolo de estatus. Y desde luego, el pasito era el eje central del portal, normalmente representado por las figuras de la Sagrada Familia, los reyes magos, una mula, un buey, y, si era muy lujoso, un par de ovejas y un ángel que se colgaba de la “casita del niño”.

Dada la bonanza económica de los Zambrano, decidieron una vez que iban a poner un portal a la altura de su naciente posición económica. Así es que decidieron contratar, a los mejores imagineros de Tres Ríos, para que les hicieran un pasito, con figuras grandes y coloridas.

Desde luego que aquí fue donde surgió la duda existencial de los imagineros. Enterados del sobrenombre que recibían los varones de la casa, y sabedores de la ira que les causaba escuchar aquel apelativo, se encontraron en un terrible dilema. ¿Cómo podrían manejar el asunto de no ofender, con la figura del buey, la reputación de los dueños de casa? Para evitar suspicacias, la primera idea que se les vino a la mente fue la de sustituir la figura del buey por la de un toro. Pero, para poder diferenciar bien el toro del buey, tenían que esculpirle de manera prominente los órganos sexuales al animal, lo cual, a todas luces, resultaba indecente, y sería peor el remedio que la enfermedad.

Así es que, para que no quedara ninguna duda de que no se trataba de un buey, decidieron sustituir el semoviente por una vaca. Las ubres no se consideraban ofensivas y quedaría muy claro el mensaje. ¡Esa fue la solución!

Los Zambrano, muy orgullosos del pasito que les habían elaborado, pusieron su portal en la sala de la casa y mantenían abierta, de par en par, las ventanas a la calle.

Desde luego que el asunto pasó a ser la sensación y comidilla de toda la capital. De todas partes del país, venía la gente a ver el famoso “paso de la vaca”.

Dicen que fue tal la conmoción que causó el famoso paso, y las burlas y comentarios que desató, que los Zambrano abandonaron su casa y se fueron a vivir por los alrededores del Barrio Keith (hoy, Cristo Rey).

Desde entonces, la casa de los Zambrano se empezó a conocer como “la casa del paso de la vaca”. Y por esas cosas de la costumbre popular, a la calle 8, desde la esquina del mercado de carretas hasta lo que hoy es la Botica Solera, se le empezó a llamar, “la calle del paso de la vaca”. La desaparición de la casa de los Zambrano y el surgimiento de otras calles en los alrededores hizo que al sector, como un todo se le llamara “El Paso de la Vaca”.

La historia no registra el destino que tuvieron las figuras del pasito, y mucho menos de la famosa vaca que sustituyó al buey de los Zambrano  


VERSIÓN DE FABIO BAUDRIT

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